Entre
toda la presencia humanitaria en el continente africano, me toca ir a Angola.
Un país situado en el suroeste de África. Su capital, Luanda. Esta antigua colonia
portuguesa, con gran potencial de desarrollo por la pujanza de su gente es uno
de los países más ricos del continente ya que posee importantes reservas
petrolíferas, de gas y minas de diamantes.
A
pesar de sus recursos naturales abundantes, su ingreso per cápita está entre
los más bajos del mundo. Desangrada por la guerra, que comenzó en 1961 con la
lucha de independencia de Portugal y transformada en guerra civil desde 1975
hasta el 2002, dejó un país devastado y plagado de minas antipersonas, niños
sin padres y un sinfín de necesidades que hacen de Angola una tierra en
crisis humanitaria.
Cerca
de la mitad de la población se encuentra en situación de pobreza. Para los que
gustan de números, el 54% vive debajo del umbral de pobreza. Maldita por
décadas de colonialismo, guerras, sequías, enfermedades y hambrunas su capital
es la urbe más cara del planeta. Si, como lo leen, ¡la más cara del planeta!. Y
con mayor inequidad si se tiene en cuenta que la mayor parte del alimento que
se consume se importa. A tal punto que el 30% de la población no tiene sus
necesidades alimenticias cubiertas.
Con
una población joven, al igual que en toda África, el 48% es menor de 15 años.
Pero la esperanza de vida ronda los 39 años. La educación es un lujo. La tasa
de escolarización en enseñanza secundaria es del 17,3% y la de primaria es del
76%.
En
materia de salud, existen innumerables enfermedades que por ahora no valen la
pena nombrar, pero si que tienen una de las peores tasas de mortalidad de
menores en el mundo, donde uno de cada cuatro niños muere antes de cumplir los
cinco años.
Como
verán, muchas cosas por hacer en esta misión en la que me embarco...

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