El pasado 31 de agosto los
angolanos tuvieron su tercer encuentro con
las urnas desde su independencia en 1975. No hay que devanarse los sesos para
saber quién se alzó con el triunfo, las
apuestas se ciernen solo para saber por cuánto, y con ellas la esperanza de
cambio a largo plazo. Es que desde que Angola dejó de ser colonia portuguesa el
MPLA (Movimiento Popular de Liberación de Angola) se hizo del poder, primero a
manos de Agostinho Neto, quien a su muerte (Septiembre, 1979) cedió el poder al
actual presidente José Eduardo “Ze Dú” Dos Santos.
La elección en realidad apuntaba
a la renovación total del Parlamento. El partido vencedor se llevará la
abrumadora mayoría de diputados, casi el 70% de la cámara, y su jefe será
coronado presidente de la República por un período de cinco años más, según la
Constitución adoptada en el año 2010.
La absoluta concentración de
poder existente en este país africano sofoca a la oposición, que es casi
inexistente. Muestra de ello son los escasos y pobres mitines políticos de las
fuerzas que son contrapeso del gobierno y la grandilocuente campaña electoral
del MPLA que incluyó un fuerte espaldarazo de los medios de comunicación, a
manos del partido gobernante, claro.
La maquinaria del estado, que
alimenta sus arcas en base a las regalías del petróleo ya negociado y repartido
por completo con las superpotencias que cómplices guardan silencio, se movilizó
en favor del partido gobernante regalando gorros, remeras, banderas, chapas y
convidando a grandes fiestas regadas con miles de litros de cerveza. Pan y
circo romano.
En la capital, Luanda, ciudad densamente
poblada debido al éxodo de la guerra, la mudanza de ideas y alternativas
políticas se hace fuerte entre los jóvenes, que pujan por un lugar en la sociedad
y buscan el progreso en base a educación y trabajo. Muestra de ello es el bajo
porcentaje de apoyo que obtuvo MPLA, alrededor del 56%. Las protestas
callejeras ocurridas el año pasado partieron de las universidades de Luanda,
rápidamente acalladas por el gobierno de Ze Dú.
En las provincias la aplastante
victoria, en algunos casos el apoyo fue de
hasta el 95%, muestra la falta de profundidad de la conciencia electoral y por
sobre todo el sometimiento que aún existe en localidades más distantes de la
capital.
Cabinda, enclave situado en la
República del Congo, del cual Angola nunca se desprenderá por su riqueza
petrolífera es aún una piedra en el zapato para el gobierno, que busca por
todos los medios controlar y acallar las voces de sedición que buscan la
independencia. La oposición habla de números dibujados para mostrar una
elección favorable. Hasta se animan a señalar la imposibilidad de voto para
aquellos que vivían en localidades distantes en provincias en las que la
intención de voto no les era favorable.
El MPLA obtuvo el 71% de los
votos, constituyéndose como la segunda fuerza el tradicional partido Unita y en
tercer lugar Casa se, un partido nuevo que relegó al histórico FNLA a un cuarto
puesto y posiblemente a desaparecer.
Pero cómo pedirle a un pueblo que
aún no olvidó las penurias de la guerra y aún lucha por rearmarse y sobrevivir
ante tanta miseria, desigualdad, falta de oportunidades de educación, laboral y
acceso a la salud que vislumbre que la pseudodemocracia en la que está
sumergido no es libertad real. Si para ellos MPLA luchó hasta el fin por
expulsar al opresor, si MPLA les regaló algo inestimable: la paz.
Las técnicas electorales tendrán
que mejorar, se deberá educar al pueblo para ello, el retraso y las
desigualdades hacen mella, pero una cosa es indiscutible, que el pueblo
angolano se está poniendo de pie y tiene la oportunidad histórica de
reconstruirse y conquistar un espacio importante en el continente africano.
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